Anoche me besé
y mis labios sabían amargos,
escasos de néctar.
Con mis dedos
le saqué el hollejo a mi piel
y la arranqué entera,
mi carne triste
debajo estaba.
Anoche lamí mis huesos
y los sentí muertos y helados,
me arrodillé ante mí
y me imploré perdones,
lloré a mis pies.
Anoche rodé por el suelo
como el febril inmaduro
y no hallé calma.
Anoché bebí de mí
y me escupí,
aspiré el aire de mis pulmones
y lo expulsé lejos
corrí, me perdí,
y aparecí aquí mismo,
salté y caí quebrado,
me miré y vi en mí
los ojos del buey atravesado.
Anoche me besé
y mis labios me negaron el beso tierno...
y abandonado en una esquina
se me escapó la última lágrima,
que corriendo lejos
huyó de mí como huyen los errores...
Fui de caza por ella
como el sabueso hambriento,
la encontré escondida y asustada
y la bebí desesperado,
pero volvió
a escapar antes de humectar mis vísceras,
por ésta,
mi garganta rota.
Garganta rota
martes, 3 de junio de 2008
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